Me ardieron los ojos y lloré; continué caminando por calle corrientes sintiendo como el aire espeso pegaba contra mi pecho y entraba a mis pulmones de un modo imparable. Sin rumbo ni sentido mis pasos seguían el galope del corazón. La desesperación por no saber qué ocurría y el paso de un colectivo me hizo ubicarme precisamente en la esquina con calle Uruguay. Me detuve un segundo y miré a ambos lados; gente que veía las noticias en los televisores de vidriera, otros que caminaban sin parar como si nadie lo había notado.
Autos, frenadas; comienzo de nuevo, semáforo en rojo, verde peatón. Sigo caminando hasta el obelisco corro para cruzar la calle y ni bien llego: caigo y siento el aire renovado, vuelvo a respirar, el cielo azul, la mente gris, mis lágrimas comienzan a hacer un surco en el polvillo y el hollín de mi cara. Pienso si fue real, si lo imagine, ¿estaré loco?, me acuerdo de papa, mamá, la bobe, Adrián, David y todos los míos, los tuyos. Trato de recapacitar, no tiene por qué ser cierto, no tiene por qué pasar.
Vuelvo más rápido aún, trato de tomarme un taxi, pero ninguno para. Sigo caminando, corro, el silencio bloquea mi entorno, estoy yo y la calle, nadie habla, nadie escucha, puedo gritar y lo hago, pregunto si alguien me conoce, alguien sabe lo que pasa. El silencio marca la realidad sin respuestas, pero veo las miradas. No paro de correr, llego a calle Pasteur y veo escombros, vuelvo a escuchar las sirenas, los gritos, los llantos, y hasta el día de hoy la pregunta: por qué.
Justicia, memoria y respeto por el atentado a la AMIA.
No hay comentarios:
Publicar un comentario